... me gusta,
en ocasiones,
mantener la inocencia infantil.
a veces por eso creo,
a veces por eso confío,
a veces por eso me atrevo...

A veces me imagino en un paraíso de gordos,
como en una pintura de Botero;
donde adorables personas se escapan del estereotipo de la delgadez
y se muestran entrados en carnes,
con grandes piernas, anchos brazos, inmensos traseros,
abultadas barrigas y muy amplios rostros,
llenos de redondeces, desproporcionados;
Con fuertes colores y llenos de luz;
Los veo y me veo a mi misma, corriendo entre pastos y flores,
saltando, bailándole al cielo, ligeros, enérgicos, libres;
Libres de poder mostrarnos con el doble o triple del peso ideal,
libres de añorar un helado sin culpa,
libres de comer cuanto chocolate se quiera,
libres de miradas acusadoras,
libres de nuestros propios prejuicios,
libres;
Libres, corriendo gordos por el campo,
danzándole a la gula, al placer…
Hermosos y libres gordos felices.
Me levanto pensando en la inmortalidad del cangrejo, mientras prendo el calefont rezo porque una de las pesadillas no se cumpla y esa maquinita no encienda la casa al prenderlo.
Sigo somnolienta y algo relaja, hasta el llamado de mi hermana, que esperaba que yo compraras las entradas del cierto, no me altera, y me digo a mi misma que tengo tiempo “¿Quién llega a la hora a los conciertos?”, además, las pesadillas habían apagado un tanto las ganas de alejarme de mi casa.
Mientras desayuno, algo que no me gusta mucho, dado que mi familia se levanto antes que yo y no recordó que yo igual comía, le pongo atención a la tele y me doy cuenta que es justamente una hora mas tarde de lo que imagino, y comienzo a temer un poco el quedar mal con mi hermana.
Me fui al mall Vespucio, ahí ya he comprado entradas, lo recuerdo, me sirve el lugar; Primero voy a almacenes París, donde esta sin sistema ticket, luego a la feria del disco, que esta cerrada, por remodelación al parecer, “¿Me voy al arenas no mas? ¿Allá venderán entradas?”, el Florida Center esta cerca; Me voy para allá con algo de tedio y preguntándome si los sueños en verdad quieren decir algo o si son, como se suponía creía, mensajes del inconsciente.
Tras una filas y comprando la entrada, cuando está empezando el espectáculo en el “Arenas”, llamo a mi hermana y acordamos juntarnos en el metro parque O’higgins. Amablemente mi hermana me lleva unos sándwichs y cerveza al encuentro, nos sentamos en el parque a comer y a tomar un poco; mientras noto a mi hermana más grande, más adulta, con un gran susto a beber en la vía pública…
Entramos a la cancha, mientras tocaban grupos equis, algunos pegajosos que me instaban a mover este poco coordinado cuerpo; Mientras absorbía la energía de la gente y mi hermana me decía que se sentía en una disco peque, ya que al parecer le está dando el complejo de sentirse vieja…
Mientras observaba el techo y ñoñamente pensaba en la clase de triángulos que lo conformaban y me daban ganas de construir una maqueta por el estilo; Salió Nicole, ella que siempre canta los hit de antaño y logra hacerme cantar rememorando mi infancia; Indicio, para mí que de ahí empieza lo bueno, ultima telonera o primera famosa, escoja usted.
Luego Gondwana, con su verde amarillo y rojo que nos hizo cantar y bailar al ritmo de esa melodía “volátil” que llama a la paz y la buena onda.
Chancho en piedra, que gracias a una amiga llegué a detestar por ponerlos tanto; y que al irnos reconciliándonos me hacen cantar: “escogiendo a una reina…”, acompañados de su despelote y pequeños puercos bailando sobre las cabezas.
Javiera Parra, con ese par de canciones que me medio sé y vocifero sin vergüenza, de forma cebollera y sobreactuada.
Los Jaivas, y esa melodía que parece venir de la “Pachamama” y su “para qué vivir tan separados, si la tierra nos quiere juntar…” que nos hace cantar a todos y trasladarme por un momento a la dimensión de los disfrutes.
Francisca Valenzuela, y mi hermana encantadísima, con su “muérdeme la lengua” y un tipo cerca que al parecer se la imaginaba desnuda y no temía demostrarlo…
Primavera de Praga, me fui a comer juzto ahí.
Gonzalo Yañez; no sé quién es, me aprendí el nombre, seguí comiendo.
Los miserables, con su punk rock y covers desenfrenados. Con algo de cansancio ya en el cuerpo, y este pie que me duele constantemente; ellos a quienes rara vez escucho por iniciativa propia, me hicieron saltar y bailar; entrando en ese tipo de climax que se vive entre la multitud de los conciertos, y justo cuando gritábamos: “Si me equivocará otra vez, si me enamorará de ti otra vez…” Oscuridad y silencio, espero y supongo que muchos esperaban, silencio y quietud, ni siquiera un grito de algún chistoso, luego algunos celulares, vuelve la luz, el miedo en la cara de mi hermana es notorio; Mientras intentan seguir tocando. Nos dicen que está la luz cortada en todos lados, pero que ahí seguirá la música; vuelven los miserables, con el “El crack”, hacia el final otra vez apagón; Pero la multitud sin sorprenderse tanto, como la vez anterior, sigue cantando “Sueños de niñez pichangas del barrio cara sucia sudor y barro, sudor y barro” y terminamos la canción, lo cual fue en, cierto grado, emocionante.
Luego desconcierto, espera y el darse cuenta, en forma lamentable que el espectáculo ya no seguía y qué a quienes fui a ver con mayor entusiasmo, pues no iban a tocar.
Afuera y sin luz, el camino a casa comenzaba; La música se apagaba en mi mente y el encanto se iba alejando a medida que me alejaba del Arenas; Me empecé a asustar por el regreso a casa; afortunadamente y gracias a la deidad sin nombre, luego de una pequeña odisea, mucho más pequeña de lo que imaginé, llegamos a la casa de hermana sin novedad.
Extraño día.
Dicen que los caminos de Dios son misteriosos, por mi parte hace tiempo lo deje de psicoanalizar, aunque a veces, casi sin querer, vuelvo a caer en aquella tertulia que sospecho es eterna
A finales de Abril murió mi abuelo materno, un tipo alto, enfermizo, cariñoso, tranquilo y trabajador. A veces pienso que se llevó con él, esa facultad que yo tenía para hacer caso a la era del exhibicionismo y escribir acá alguna de mis ideas, o quizá sea más bien, la facultad para omitirla, ordenar un poco mi cabeza y ser capaz de redactar un poco de mis pensamientos…
...El otro día me volvieron a asaltar; La tercera vez en mis 23 años, esperemos sea la última, es extraño, pero ese día al salir de mi casa tuve la idea que me asaltarían, el corazón me lo grito.
Luego de discutir con dos carabineros, derramar en ellos en parte mi frustración, intentar llorar la otra parte; comerme un sahne-nuss con pasas al ron, que mi papá me regaló, quizá para intentar consolarme, ya que no se le ocurrieron palabras y el coraje no le dio para abrazarme o tocar el tema; Me acuerdo de mi abuelo, ese tipo alto, con el que no tuve una relación muy cercana.
Digamos que más recuerdo el funeral, esa caminata ingrata y estremecedora que se hace hacia la tumba, yo iba al lado de mi madre, ella destrozada, medio atontada, en ese estado “automático” que toma la gente cuando las circunstancias la sobrepasan. Yo iba pensando en mi madre, en mi abuelo, en mi familia, mirando el ataúd sostenido por mis primos, esa veintena de nietos que tuvo ese gran patriarca; Los ahora hombres, que de niños tuvieron algún juguete construido por él, a quienes más de alguna vez les regaló alguna moneda para que se compraran un dulce, que seguramente fueron defendidos de sus madres cuando hacían alguna travesura bajo su techo, esa veintena de hombres, que apenas conozco y con los que en su mayoría comparto el segundo apellido, se turnaban para tener el honor de llevar el cuerpo de su abuelo.
Mientras observaba a esos ya hombres, con quienes jugué de niña me fui dando cuenta sobre el valor de la familia, y es que la valoro, pero a veces se me olvida.
Mi abuelo, no alcanzó grandes logros económicos, ni siquiera hizo carrera, él construía palas, braceros y "cosas" de latón, tenía un puesto en la feria donde las vendía, con los años, dado su edad, dejó de construir “cosas” para sólo revenderlas. Pero construyó una familia, tuvo 10 hijos, 2 hombres y 8 mujeres, y cerca de media centena de nietos, y ya casi va en una veintena de bisnietos. Todos ellos presentes en su vida, en sus últimos días y en su funeral.
Mi abuelo era un tipo tranquilo, quitado de bulla, amable; sus hijas no salieron mucho a él, bulliciosas y en su mayoría conflictivas, pero herederaron de él, el amor por sus hijos, todas ellas son cariñosas, protectoras, luchadoras. Y aún con problemas, ese hombre construyó una familia unida que es capaz de socorrerse en tiempos difícil y celebrar en los buenos. Familia, en la que yo rara vez tengo una gran participación, más por propia responsabilidad que por otro motivo. Pero a la cual valoro y con la que sospecho cuento.
Familia, linaje, del que proviene mi madre, esa mujer un tanto ilógica, trabajadora, fuerte en grandes aspectos, matriarca de esta casa, que me ha brindado un hogar, educación y por sobre todo amor.