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El camino más largo es siempre el más seguro y otras ideas


Por años pensé en volverme vegana, lo intenté varias veces; y un día simplemente lo hice, dejé los lácteos. Antes siempre me costaba pensar en la idea porque tenía una gran afición a los helados, el queso, las galletas y los pasteles. Digamos que aún los como, pero ya no es tan simple como ir por la calle y comprar cualquiera. Tal dificultad para adquirir tales alimentos se tradujo en bajar 7 kilogramos, dejar de comprar golosinas tres veces al día y en que mi asma se apaciguó.

Siempre pienso en eso cuando me enfrento a cambios potenciales de estilo de vida y en los que ya he fallado, como los intentos de volverme deportista o el de comer muy sano. Digamos que por el lado de volverme deportista estoy avanzando. El yoga es genial, es curioso, pero pienso que si no hubiera pasado por todo el "desorden emocional" de mi seudo-relación tormentosa con Piedrazo, no me hubiera obligado a ir (en un comienzo al menos). Supongo que también la insistencia de una amiga para que nos inscribiéramos influyó, pero ya antes pagué gimnasios y hasta talleres de yoga, y no fui o dejé de ir pronto, creo que es la primera vez que paso más de dos meses haciendo alguna actividad física (en mi edad adulta al menos), ojalá perdure, ojalá se vuelva un habito de tiempos buenos y malos.

Ahora sopeso la idea de volverme budista o avanzar más en esa dirección. 

La idea de volverme budista me ha rondado la cabeza desde hace años, creo que desde la adolescencia, cuando leía de religiones y esta me pareció compasiva y bella, aunque supongo que no la comprendí, quizá aún no lo hago. Dejé la idea por años y así me la he pasado, olvidando la idea y luego reconsiderándola, leyendo, abandonando la idea y vuelta a reconsiderarla.

En el verano me tatúe un enso para que me recordara que una de las más importantes tareas que debo llevar a cabo en la vida; es la construcción espiritual, supongo que a ratos he olvidado la idea, a pesar que todas las mañanas veo aquel enso justo antes de entrar a la ducha, a ratos postergo aquel compromiso, como quien posterga una cita al dentista, para un más adelante difuso, pero que se debe ser cercano.

El señor V me diría que es un camino difícil, que ha todos nos pasa que nos desviamos, que debemos ser compasivos con nosotros mismos y tenernos paciencia, ir un paso a la vez, considerando lo que tenemos, con lo que contamos en el presente, que todo tiene su tiempo... pero que tampoco me deje estar, que la práctica es importante y que somos responsables de nuestros actos; que persevere, sea paciente y compasiva, poco a poco el camino se manifiesta.

El tiempo... y la paciencia.

Recién estoy comenzando, me queda tanto por aprender.

Alguna vez leí en el blog de Chocobuda que el camino largo es siempre el más seguro.

Estimado Chocobuda, nunca te he visto y tus palabras han calado hondo en mi alma, es verdad, las palabras son poderosas...

Alguna vez Piedrazo me contó que su profesor del liceo le dijo que la música era la más poderosa de las artes (o la madre de todas las artes, no lo recuerdo bien), yo me lo quedé mirando y le dije que de haber haber alguna pensaba que era la literatura, que han habido libros, movimientos literarios que han cambiado el transcurso de la historia, que han cambiado al mundo. Piedrazo lo pensó un poco. sonrió y en broma declaró que había vivido engañado toda su vida gracias a su profesor.

No creo que sea necesario hacer una jerarquía entre las artes, ya cuesta definirlas, y es innecesario, el arte es arte y ya.

Solo creo que las palabras; los libros, la palabra escrita (o hablada) tienen un gran poder; y en esta búsqueda espiritual me he encontrado con hermosas joyas, como el blog de Chocobuda, Budismo para principiantes de Asma, Buena pregunta buena respuesta del moje Dhammika, Gota a gota de Ajahn Sumedho o el ABC de la felicidad de Marinoff, entre otros muchos textos de Internet o que la sangha me ha nombrado o facilitado.

Tiempo y paciencia.

Lectura.

Trabajo y meditación.

Quietud y silencio.

Amor.


Sobre obsesiones



"Entonces, lo mejor es que te ejercites en mirar las cosas con tus propios ojos hasta que acabes comprendiéndolas. No temas dedicarle tiempo. Invertir mucho tiempo en algo es la más refinada de las venganzas."


-Crónica del pájaro que da cuerda al mundo,
Haruki Murakami
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Este señor me insta a liberar mi naturaleza obsesiva.
Aunque en todo este embrollo, supongo que debo encontrar el equilibrio entre la lucha y la renuncia.  
...Y el punto de equilibrio, al igual que el centro de masa, en todos los cuerpos no es el mismo.

Tengo que apostar por mí



A veces quiero ser budista, y renunciar a todo deseo y pasión… Y otras veces me entran ganas de dar rienda suelta a las pasiones y vivir así, actuar por las entrañas, que los actos y palabras sean guturales, instintivos, placenteros y hasta egoístas… “Vivir la vida a concho”… (Dar rienda suelta a mis obsesiones).

Pero no sé bien qué camino elegir, ni cómo seguirlo. Así que camino no más, como intentando hacer mí camino, rezando aquel verso de esa vieja canción: “caminante no hay camino, se hace camino al andar”… Pero siento  que a mis cortos, o largos, 26 años he cometido más errores que aciertos… Y no sé, no sé si hice bien cuando “renuncie”, cuando deje que las cosas “fluyeran”, o si debí luchar, quedarme, seguir: ¿Cómo se sabe cuándo es el tiempo de claudicar? ¿De “soltar”?

A mis cortos, o largos, 26 años de vida, no he concluido mucho… Y supongo que esta noche tampoco concluiré mucho, y es que realmente no sé…
Sé que somos dueños de nada,
Que nada dura para siempre,
Que el deseo es la causa del dolor (eso se lo plagie a los budistas)
Que el amor es un “algo” inmenso.

Y quizá sé más “cosas”, la mayor parte tienen que ver con hechos, definiciones y cosas por el estilo.

Pero sobre la vida, el cómo vivirla, no sé… Y a veces pienso que no hay muchas oportunidades, que la vida es demasiado corta como para permitirse equivocarse tanto; pero que a la vez, hay que permitirse equivocarse, porque si no está ese espacio, el acto de “vivir” se reduce… Y es ahí cuando necesito creer en “algo”, un algo grande, como Dios, que “premie” los actos de valentía, pero dada mi experiencia, no parece ser así… O quizá es demasiado pronto para dar un juicio… Pero ¿Y si espero demasiado?

La vida debería venir con un manual, y ser más larga, y más clara…
O que todos tuviéramos un maestro o mentor, como yoda…

Pero claro como no es así la vida, me quedo pensando, o intentando no pensar, para no sentir el estómago apretado…

Y dan vuelta en mi cabeza, como una maldición, imágenes de perdidas y detesto pensar en ellas, porque quiero ser como rezan las postales y vivir en el presente, porque es eso un presente, y suena lindo y hasta sabio, al menos para mí, pero soy incapaz, y siguen las imágenes, me asaltan de vez en cuando y comienzo a sospechar que son esas ganas de desprendimiento las que no me dejan en paz, y mi mente se quiere obsesionar sobre analizar cada maldito detalle de esas perdidas, pero la parte cuerda, la que hace una conexión con la “realidad” me dice que no, que no es sano, que viva el presente, que disfrute el instante… Pero no siempre soy capaz, y es esa incapacidad la que me hace sospechar que estoy dejando algo  importantísimo afuera. Y sigo pensando, obsesivamente, como casi siempre.

Y ahora se añade un pensamiento más o varios… Como la lucha del señor Okada del libro de Murakami, que fue en contra de toda cordura y pensamiento de desprendimiento… Y aún más pienso en el Señor Mamiya, que dice que cuando fracasamos en el momento de “luz” –único y brevísimo- de alcanzar la “revelación” ya no hay más, simplemente perdimos, y se vivirá una vida en crepúsculo, en soledad y sin esperanzas… Y me pregunto si ese momento en mi vida ya pasó, y me da terror… Porque yo no quise sentarme en un pozo y pensar, ni esperar, ni “retener”, ni salvar… Le “copié” a los budistas y solté… Y quizá en ese “soltar” fracasé… 

Y ahora estoy “condenada” al crepúsculo… Suena paranoico ¿No?

Quizá deba sentarme a pensar una estrategia para perseguir y alcanzar, ese brevísimo “espacio de luz”, obsesivamente, como el señor Okada. 

Porque al final, yo como todos, no tengo opción: “Tengo que apostar por mi”.


La crónica del pájaro que da cuerda al mundo

 De Haruki Murakami

Bueno quizá me hice muchas expectativas, o muy pocas,  no estoy segura, el asunto es que estas expectativas no estaban ni cerca de lo que resultó...
¿Realismo mágico japonés?
Tengo la extraña sospecha que andaré los próximos cinco días mirando el techo, o por la ventana de la micro y pensando en el señor Okada y su tozudez... Con una sensación extraña en el estómago, como de vacío en el alma, y de espera, como si esperando se me fuera a revelar una gran verdad y pudiera comprender las vicisitudes de esta historia, de estas historias. O si así, esperando, me alcanzara el alma que se  me quedó en un embotellamiento, no sé explicarlo bien... Quizá sea sensación de irrealidad... Un antiguo amigo lo catalogaría de "remezón de estructuras metales"...
Sospecho que me quedaré harto rato pensando en esto, en la guerra, en la tortura, en la vida, en la muerte, en el amor, en eso de "salvar a otro", en eso de hacer caso al instinto, a las entrañas...
Etcétera, etcétera… 

¿Cuándo es apropiado actuar como un “loco”?

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Señor Murakami apareció para confundirme,
 lo cuál de cierta forma, me agrada.


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Nota mental: Este es un libro que debo releer, en algún momento, después de leer otros.

Un libro regalado

Algo me rompió "After dark", de Haruki Murakami, ese libro que cuando me lo dieron me dijeron que no tenía nada muy especial, que no revelaba ninguna gran verdad, ni hacía pensar mucho, que era livianito, fácil de leer, algo adictivo eso sí.
Pero a mi me rompió algo cuando empezó a hablar del pasado, de alimentarse del pasado como el fuego se alimenta del papel; porque al fuego le da igual que quema, si un poema de Shakespeare, un dibujo de un niño o una boleta de un almacen, igual lo quema, igual sigue encendido gracias a ese papel; Y este personaje humilde, la mujer del libro, seguía viva gracias a los recuerdos...
Y esta mujer, humilde personaje que apenas aparece, invita a indagar en el pasado, más aún sobre el pasado de aquel ser querido alejado, para que así, mediante los recuerdos se logre encontrar el camino de regreso...
Y a mí se me rompió algo, y me puse a llorar en pleno Santiago, mientras leía en la micro; Mientras miraba hacia fuera y me daban ganas de ser lo suficientemente fuerte, inteligente y estratega para hacer ese viaje a los recuerdos y encontrar el camino de regreso.
Pero entre tanto llanto reprimido, entre tanto caminar intentando serenarme para llegar a mi destino en calma y aparentando estar bien, no llegue a nada... O a un par de conclusiones:
-No tengo fe a que realmente en mi caso ese camino de regreso exista (o que sea sano recorrerlo).

-Los libros pueden simplificar los hechos.
-Quizá lo que los literatos denominan "literatura", tiene el don de simplificar los hechos complejos (o al menos los verbaliza magistralmente); Y la "no-literatura", simplifica al absurdo lo no complejo.

-Quizá deba llorar más a menudo y no aguantarme hasta que sea insostenible.
-La Nea siempre que me regala libros, me gustan

Una exquisitez


En un libro de Angeles Mastretta, la autora comienza a nombrar las alegrías de la vida, eventos más casuales y menos excéntricos que la tan ansiada felicidad.

En esa lectura liviana, embrujadora; Nació sin aviso una imagen de una exquisitez de mi propia existencia. Retrocedí un montón de años y me encontré frente al que se podría catalogar como mi primer amor, en un anochecer de un añejo invierno, cuando él venía a mi casa y nos dedicábamos a hacernos compañía y a besarnos. Evoqué entre mi lectura, el instante en que mientras nos besábamos él tomo mi mano y la puso en su pecho y sentí su corazón acelerado y palpitante; Nos quedamos así un instante, mientras la magia y el encanto invadía mi cuerpo…

De "Mujeres de ojos grandes"


La tía Daniela se enamoró como se enamoran siempre las mujeres inteligentes: como una idiota. Lo Había visto llegar una mañana, caminando con los hombros erguidos sobre un paso sereno y había pensado: "Este hombre se cree Dios". Pero al rato de oírlo decir historias sobre mundos desconocidos y pasiones extrañas, se enamoró de él y de sus brazos como si desde niña no hablara latín, no supiera lógica, ni hubiera sorprendido a media ciudad copiando los juegos de Góngora y Sor Juana como quien responde a una canción en el recreo.

Era tan sabia que ningún hombre quería meterse con ella, por más que tuviera los ojos de miel y una boca brillante, por más que su cuerpo acariciara la imaginación despertando las ganas de mirarlo desnudo, por más que fuera hermosa como la virgen del Rosario. Daba temor quererla porque algo había en su inteligencia que sugería siempre un desprecio por el sexo opuesto y sus confusiones.

Pero aquel hombre que no sabía nada de ella y sus libros, se le acercó como a cualquiera. Entonces la tía Daniela lo dotó de una inteligencia deslumbrante, una virtud de ángel y un talento de artista. Su cabeza lo miró de tantos modos que en doce días creyó conocer a cien hombres.

Lo quiso convencida de que Dios puede andar entre mortales, entregada hasta las uñas a los deseos y las ocurrencias de un tipo que nunca llegó para quedarse y jamás entendió uno solo de todos los poemas que Daniela quiso leerle para explicar su amor.

Un día, así como había llegado, se fue sin despedir siquiera. Y no hubo entonces en la redonda inteligencia de la tía Daniela un solo atisbo de entender qué había pasado.

Hipnotizada por un dolor sin nombre ni destino se volvió la más tonta de las tontas. Perderlo fue una larga pena como el insomnio, una vejez de siglos, el infierno.

Por unos días de luz, por un indicio, por los ojos de hierro y súplica que le prestó una noche, la tía Daniela enterró las ganas de estar viva y fue perdiendo el brillo de la piel, la fuerza de las piernas, la intensidad de la frente y las entrañas.

Se quedó casi ciega en tres meses, una joroba le creció en la espalda, y algo le sucedió a su termostato que a pesar de andar hasta en el rayo del sol con abrigo y calcetines, tiritaba de frío como si viviera en el centro mismo del invierno. La sacaban al aire como a un canario. Cerca le ponían fruta y galletas para que picoteara, pero su madre se llevaba las cosas intactas mientras ella seguía muda a pesar de los esfuerzos que todo el mundo hacía por distraerla.

Al principio la invitaban a la calle para ver si mirando las palomas o viendo ir y venir a la gente, algo de ella volvía a dar muestras de apego a la vida. Trataron todo. Su madre se la llevó de viaje a España y la hizo entrar y salir de todos los tablados sevillanos sin obtener de ella más que una lágrima la noche que el cantador estuvo alegre. A la mañana siguiente le puso un telegrama a su marido diciendo: "Empieza a mejorar, ha llorado un segundo". Se había vuelto un árbol seco, iba para donde la llevaran y en cuanto podía se dejaba caer en la cama como si hubiera trabajado veinticuatro horas recogiendo algodón. Por fin las fuerzas no le alcanzaron más que para echarse en una silla y decirle a su madre: "Te lo ruego, vámonos a casa".

Cuando volvieron, la tía Daniela apenas podía caminar y desde entonces no quiso levantarse. Tampoco quería bañarse, ni peinarse, ni hacer pipí. Una mañana no pudo siquiera abrir los ojos.
-¡Está muerta! - oyó decir a su alrededor y no encontró las fuerzas para negarlo.

Alguien le sugirió a su madre que ese comportamiento era un chantaje, un modo de vengarse en los otros, una pose de niña consentida que si de repente perdiera la tranquilidad de la casa y la comida segura, se las arreglaría para mejorar de un día para el otro. Su madre hizo el esfuerzo de abandonarla en el quicio de la puerta de la Catedral. La dejaron ahí una noche con la esperanza de verla regresar al día siguiente, hambrienta y furiosa, como había sido alguna vez. A la tercera noche la recogieron de la puerta de la Catedral con pulmonía y la llevaron al hospital entre lágrimas de toda la familia.

Ahí fue a visitarla su amiga Elidé, una joven de piel brillante que hablaba sin tregua y que decía saber las curas del mal de amores. Pidió que la dejaran hacerse cargo del alma y del estómago de aquella náufraga. Era una creatura alegre y ávida. La oyeron opinar. Según ella el error en el tratamiento de su inteligente amiga estaba en los consejos de que olvidara. Olvidar era un asunto imposible. Lo que había que hacer era encauzarle los recuerdos, para que no la mataran, para que la obligaran a seguir viva.

Los padres oyeron hablar a la muchacha con la misma indiferencia que ya les provocaba cualquier intento de curar a su hija. Daban por hecho que no serviría de nada y sin embargo lo autorizaban como si no hubieran perdido la esperanza que ya habían perdido.

Las pusieron a dormir en el mismo cuarto. Siempre que alguien pasaba frente a la puerta oía a la incansable voz de Elidé hablando del asunto con la misma obstinación con que un médico vigila a un moribundo. No se callaba. No le daba tregua. Un día y otro, una semana y otra.

-¿Cómo dices que eran sus manos? - preguntaba. Si la tía Daniela no le contestaba, Elidé volvía por otro lado.
-¿Tenía los ojos verdes? ¿Cafés? ¿Grandes?
-Chicos - le contestó la tía Daniela hablando por primera vez en treinta días.
-¿Chicos y turbios?- preguntó la tía Elidé.
- Chicos y fieros - contestó la tía Daniela y volvió a callarse otro mes.
- Seguro que era Leo. Así son los de Leo - decía su amiga sacando un libro de horóscopos para leerle. Decía todos los horrores que pueden caber en un Leo. - De remate, son mentirosos. Pero no tienes que dejarte, tú eres de Tauro. Son fuertes las mujeres de Tauro.
- Mentiras sí que dijo - le contestó Daniela una tarde.
-¿Cuáles? No se te vayan a olvidar. Porque el mundo no es tan grande como para que no demos con él, y entonces le vas a recordar sus palabras. Una por una, las que oíste y las que te hizo decir.
-No quiero humillarme.
-El humillado va a ser él. Si no todo es tan fácil como sembrar palabras y largarse.
-Me iluminaron -defendió la tía Daniela.
- Se te nota iluminada - decía su amiga cuando llegaban a puntos así.

Al tercer mes de hablar y hablar la hizo comer como Dios manda. Ni siquiera se dio cuenta cómo fue. La llevó a una caminata por el jardín. Cargaba una cesta con fruta, queso, pan, mantequilla y té. Extendió un mantel sobre el pasto, sacó las cosas y siguió hablando mientras empezaba a comer sin ofrecerle.

- Le gustaban las uvas - dijo la enferma.
- Entiendo que lo extrañes.
- Sí - dijo la enferma acercándose un racimo de uvas -. Besaba regio. Y tenía suave la piel de los hombros y la cintura.
-¿Cómo tenía? Ya sabes - dijo la amiga como si supiera siempre lo que la torturaba.
- No te lo voy a decir - contestó riéndose por primera vez en meses. Luego comió queso y té, pan y mantequilla.
- ¿Rico? - le preguntó Elidé.
- Sí - le contestó la enferma empezando a ser ella.

Una noche bajaron a cenar. La tía Daniela con un vestido nuevo y el pelo brillante y limpio, libre por fin de la trenza polvorosa que no se había peinado en mucho tiempo.

Veinte días después ella y su amiga habían repasado los recuerdos de arriba para abajo hasta convertirlos en trivia. Todo lo que había tratado de olvidar la tía Daniela forzándose a no pensarlo, se le volvió indigno de recuerdo después de repetirlo muchas veces. Castigó su buen juicio oyéndose contar una tras otra las ciento veinte mil tonterías que la había hecho feliz y desgraciada.

- Ya no quiero ni vengarme - le dijo una mañana a Elidé -. Estoy aburridísima del tema.
- ¿Cómo? No te pongas inteligente - dijo Elidé-. Éste ha sido todo el tiempo un asunto de razón menguada. ¿Lo vas convertir en algo lúcido? No lo eches a perder. Nos falta lo mejor. Nos falta buscar al hombre en Europa y África, en Sudamérica y la India, nos falta encontrarlo y hacer un escándalo que justifique nuestros viajes. Nos falta conocer la galería Pitti, ver Florencia, enamorarnos en Venecia, echar una moneda en la fuente de Trevi. ¿Nos vamos a perseguir a ese hombre que te enamoró como a una imbécil y luego se fue?

Habían planeado viajar por el mundo en busca del culpable y eso de que la venganza ya no fuera trascendente en la cura de su amiga tenía devastada a Elidé. Iban a perderse la India y Marruecos, Bolivia y el Congo, Viena y sobre todo Italia. Nunca pensó que podría convertirla en un ser racional después de haberla visto paralizada y casi loca hacía cuatro meses.

- Tenemos que ir a buscarlo. No te vuelvas inteligente antes de tiempo - le decía.
- Llegó ayer - le contestó la tía Daniela un mediodía.
- ¿Cómo sabes?
- Lo vi. Tocó en el balcón como antes.
- ¿Y qué sentiste?
- Nada.
-¿Y qué te dijo?
- Todo.
- ¿Y qué le contestaste?
- Cerré.
-¿Y ahora? - preguntó la terapista.
- Ahora sí nos vamos a Italia: los ausentes siempre se equivocan.

Y se fueron a Italia por la voz del Dante: "Piovverà dentro a l'alta fantasía."


-Cuento de Ángeles Mastretta.

...gracias por el fuego.


Mis hijos premonitorios ya tienen nombre, desde hace años, Alejandro, Sofía y Lucas… No sé bien porque vaticino con hijos, mi instinto maternal se ha pronunciado pocas veces en mi vida, y creo que la única situación que recuerdo en este momento (porque me han contado) es cuando me preguntaron a los cinco años qué quería ser cuando grande y respondí que mamá… Y es tan grande esa ausencia, tan grande la resistencia que pongo a aquel rol que la abstinencia a sido una de mis estrategias…

No sé porqué escribo de esto; Es una de esas tardes que dedico a la vida académica, que leo el final de un libro como recreo, para despejar la mente de integrales y graficas que no logro imaginar cabalmente…

Pero esta vez, y como muchas, el libro me deja pensando, me deja en esa dimensión de los sabores reforzados, dónde la sensación de desconcierto crece, se aglutina, me pesan los brazos, me duele el estómago, tengo hambre… Hay gente que muere de hambre ¿Aún hay gente que muere de hambre? Sí, un montón porque no tiene qué comer y otro montón por pura decisión…

Bendetti y ese porque eres mía /porque no eres mía ; Benedetti y ese golpe que me da cada vez que lo leo, Benedetti que murió para mi cumpleaños 23… Benedetti ese poeta que dice cada cursilería, pero sus palabras no me producen esas ganas de burlarme como las frases hechas, rehechas de la telenovelas, por el contrario me desnudan, me pesan, me calan hondo, me… me duelen, me alegran… me provocan…

Me hacen reflexionar…

Como almas vulnerables…

Cada vez que pienso en el suicidio, se me vienen a la cabeza los hijos premonitorios, y esa loca certeza de que existirán, de que quizá ya existen, y sé que no tomaré la decisión, porqué aún me falta criar a esos tres chicos… Y sé que suena descabellado, pero también lo es quizá la idea del suicidio, también lo es quizá escribir aquí al viento, también lo es leer a Benedetti cuando sé que me va desconcentrar el resto del día, que me quedaré mirando la pared, sintiendo, pensando… sintiendo. (Mientras debería estar estudiando)

...

Prometeo que les entregó el fuego a los hombres…

Prometeo que les robó el fuego a los dioses;

Prometeo…

gracias por el fuego.



Robar una vida...


"El mundo no te regalará nada, créeme.
Si quieres tener una vida, róbala."

-Lou Andrea Salome

Así empieza "Nuestra señora de la soledad", de Marcela Serrano, cambié a Cortazar, por mera cómodidad, porque es fin de semestre y el tiempo no me alcanza para seguir su ego (en realidad no me conviene)

Era el único libro que tengo en que la autora me agrada, no lo había leído antes porque me tinco que era una mera novela policial y no me llamó la atención... Olvidé su existencia...

Así que empece el libro cuando iba en el viaje a hacer clases (un día domingo en la mañana, así es la vida de los pobres diría mi hermana); desayunando un yogurt, mientras pensaba que era medio aburrido el libro a ratos, muy de "mina"; Hasta que la cita me hizo algo de sentido...

¿Cómo será robar una vida? En sentido estricto, no metafórico...

Collyer escribió un cuento parecido, de un veterinario que pasó a ser dentista, con otro nombre, en otro país... y con ocho años más... Como en los cuentos de Collyer tiene un extraño final.

Si he de robarme una vida... ¿Cuál me robaría?

Me hace gracia la idea...



Lorenza


Pienso en un pedacito de un libro de Bolaño “Estrella distante”; lo leí en la net, mientras hacía (o pensaba, casi como autoengaño) que estudiaba transformación de coordenadas. Es la historia de un artista… El pedacito que me da vueltas es: Matarse, dijo, en esta coyuntura sociopolítica, es absurdo y redundante. Mejor convertirse en poeta secreto.

El extracto que cuenta la historia:

[...] Años después supe una historia que me hubiera gustado contarle a Bibiano, aunque por entonces ya no sabía a dónde escribirle. Es la historia de Petra y de alguna manera es a Soto lo que la historia del doble de Juan Stein es a nuestro Juan Stein. La historia de Petra la debería contar como un cuento: Érase una vez un niño pobre de Chile... El niño se llamaba Lorenzo, creo, no estoy seguro, y he olvidado su apellido, pero más de uno lo recordará, y le gustaba jugar y subirse a los árboles y a los postes de alta tensión. Un día se subió a uno de estos postes y recibió una descarga tan fuerte que perdió los dos brazos. Se los tuvieron que amputar casi hasta la altura de los hombros. Así que Lorenzo creció en Chile y sin brazos, lo que de por sí hacía su situación bastante desventajosa, pero encima creció en el Chile de Pinochet, lo que convertía cualquier situación desventajosa en desesperada, pero esto no era todo, pues pronto descubrió que era homosexual, lo que convertía la situación desesperada en inconcebible e inenarrable.

Con todos esos condicionantes no fue raro que Lorenzo se hiciera artista. (¿Qué otra cosa podía ser?) Pero es difícil ser artista en el Tercer Mundo si uno es pobre, no tiene brazos y encima es marica. Así que Lorenzo se dedicó por un tiempo a hacer otras cosas. Estudiaba y aprendía. Cantaba en las calles. Y se enamoraba, pues era un romántico impenitente. Sus desilusiones (para no hablar de humillaciones, desprecios, ninguneos) fueron terribles y un día —día marcado con piedra blanca- decidió suicidarse. Una tarde de verano particularmente triste, cuando el sol se ocultaba en el océano Pacífico, Lorenzo saltó al mar desde una roca usada exclusivamente por suicidas (y que no falta en cada trozo de litoral chileno que se precie). Se hundió como una piedra, con los ojos abiertos y vio el agua cada vez más negra y las burbujas que salían de sus labios y luego, con un movimiento de piernas involuntario, salió a flote. Las olas no le dejaron ver la playa, sólo las rocas y a lo lejos los mástiles de unas embarcaciones de recreo o de pesca. Después volvió a hundirse. Tampoco en esta ocasión cerró los ojos: movió la cabeza con calma (calma de anestesiado) y buscó con la mirada algo, lo que fuera, pero que fuera hermoso, para retenerlo en el instante final. Pero la negrura velaba cualquier objeto que bajara con él hacia las profundidades y nada vio. Su vida entonces, tal cual enseña la leyenda, desfiló por delante de sus ojos como una película. Algunos trozos eran en blanco y negro y otros a colores. El amor de su pobre madre, el orgullo de su pobre madre, las fatigas de su pobre madre abrazándolo por la noche cuando todo en las poblaciones pobres de Chile parece pender de un hilo (en blanco y negro), los temblores, las noches en que se orinaba en la cama, los hospitales, las miradas, el zoológico de las miradas (a colores), los amigos que comparten lo poco que tienen, la música que nos consuela, la marihuana, la belleza revelada en sitios inverosímiles (en blanco y negro), el amor perfecto y breve como un soneto de Góngora, la certeza fatal (pero rabiosa dentro de la fatalidad) de que sólo se vive una vez. Con repentino valor decidió que no iba a morir. Dice que dijo ahora o nunca y volvió a la superficie. El ascenso le pareció interminable; mantenerse a flote, casi insoportable, pero lo consiguió. Esa tarde aprendió a nadar sin brazos, como una anguila o como una serpiente. Matarse, dijo, en esta coyuntura sociopolítica, es absurdo y redundante. Mejor convertirse en poeta secreto.

A partir de entonces comenzó a pintar (con la boca y con los pies), comenzó a bailar, comenzó a escribir poemas y cartas de amor, comenzó a tocar instrumentos y a componer canciones (una foto nos lo muestra tocando el piano con los dedos de los pies; el artista mira a la cámara y sonríe), comenzó a ahorrar dinero para marcharse de Chile. [...]

Esta misma historia la cuenta Lemebel en “Loco afán”; Con algunas variantes, y su estilo… (Y él si recuerda el apellido)

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Se supone que debería estudiar; Tengo prueba, dónde se fue mi sentido de la urgencia, el de la responsabilidad… Queda poquito… Muy poquito, un mes y se acaba.

http://golosinacanibal.blogspot.com/2010/03/la-belleza-de-la-falla-o-un-poeta.html

Convicciones y despropósito...


Me acuerdo de una compañera que hablaba de los zapatistas, yo de la izquierda, de la desigualdad social, que el sistema estaba mal. Ustedes, aportó otra compañera, son parte de la minoría, en una lucha que será eterna, yo me sumo al cincuenta más uno porciento. Yo me pregunté que “sabor” tenía la vida así… ¿Dónde están las convicciones?

En busca de los despropósitos, de la pasión, de la energía que emana de la tierra, de la furia que produce la molestia de la injusticia, de la violencia interna, de la búsqueda de la lucha pacífica; del reencuentro con la esencia de ser hembra, mujer, maestra. Me proclamo ante una noche estrellada, como el cúmulo de ambivalencias, que tienen por objetivo ser leales a las convicciones y al despropósito.

Quiero vestirme de “terrorita”, cubrirme la cara con una polera, poner en mi pecho al “Sub-comandante Marcos”, tomar por asalto el metro con una metralleta y otra gente infectada con el síntoma de las convicciones y el despropósito, tomar por rehenes a los pasajeros del primer tren, hablar con el conductor, dejar el metro parado entre los “Héroes” y “Salvador”, en alguna parte dentro del túnel, asegurarles a los rehenes que no serán lastimados, tener como primera petición un menú variado y al gusto del consumidor, un banquete; Luego pedir que nos lleven en metro a alguna isla tropical…

Irme en metro a “Cuba”…

Pd: Como en el cuento de Collyer…

“Lo más olvidado de lo olvidado”


Hay un cuento de la Isabel Allende “Lo más olvidado de lo olvidado”, donde ella, esa mujer personaje que traía a cuestas grandes heridas, declara: “El miedo es más fuerte que el deseo, el amor, el odio, la culpa, la rabia, más fuerte que la lealtad, el miedo es total”. Y es probable que por esa época la autora pensara lo mismo, en un tiempo en que la vida le mostraba una de las caras menos amables…

Años más tarde, cuando se ha recorrido una gran “distancia” del camino, cuando la experiencia es más grande y se guardan en la memoria una gran cantidad de penas y alegrías, Isabel Allende se retracta, ya no cree que el miedo es más grande, ella cree, afirma y declara que el amor es más fuerte.


El hogar

Sara creció en el campo, rodeada de mujeres, de afecto. Emigro a Santiago para estudiar, pero era esa una época de rebeliones, de sueños y luchas, esa época de inicio de los 70’. Se encontró con un sueño, con una lucha y con un amor, un personaje de esos idílico y poético, pero tenía un gran defecto, no le cabía en el cuerpo el concepto de la fidelidad; Se lo advirtió y ella quizá hasta lo acepto.

Pero luego en el país la idea, o mejor dicho el sueño, de que por primera vez los pobres ya no ocuparan ese puesto tan ingrato, se cayó a fuerza de armas. Quienes luchaban por ese sueño debieron esconderse. Ellos, Sara y su novio, también se escondieron, juntos. Pero un día cuando Sara volvía a su casa lo sorprendió con una “amiga” en su cama; Cerró la puerta y se fue, tomo el tren y volvió al campo, a su casa, donde su madre, su abuela y sus tías la rodearon de cariño, confort. Volvió al hogar.

Este es un personaje de “Nosotras que nos queremos tanto”, de Marcela Serrano.

Me hace pensar en que al final, muchos de nosotros lo que conservamos, al menos en la juventud y la vida adulta, es el hogar materno, ese que nos vio crecer, que nos protegió, porque a pesar de cualquier empresa que se emprenda, sea académica, política, laboral, romántica o la que sea, siempre, en muchas vidas, existe la posibilidad de volver al hogar…

Y eso por ahora me hace sentir agradecida.

La casualidad

“Hace 7 años se produjo casualmente, en el hospital de la ciudad de Teresa un complicado caso de enfermedad cerebral, a causa de la cual llamaron a urgencia a consulta al director del hospital de Tomás. Pero el director tenia casualmente una ciática y no podía moverse y en su lugar envío a Tomás a aquel hospital local. En la ciudad había 5 hoteles, pero Tomás fue a parar casualmente justo a aquel en el que trabajaba Teresa. Casualmente le sobró un poco de tiempo para ir al restaurante antes de la salida de su tren. Teresa casualmente estaba de servicio y casualmente atendió la mesa de Tomás. Hizo falta que se produjeran 6 casualidades para empujar a Tomás hacia Teresa, como si el mismo no tuviera ganas. “

“Sólo la casualidad puede aparecer ante nosotros como un mensaje… sólo la casualidad nos habla.”

“... No es la necesidad sino la casualidad la que está llena de encantos. Si el amor debe ser inolvidable, las casualidades deben volar hacia él desde el primer momento…”

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Frag. “La insoportable levedad del ser”

-Milan Kundera

La lección del elefante

El otro día, en el zoológico, frente a la jaula de los monos, águila u oso, no lo recuerdo con claridad; Una querida amiga me recordó la historia del elefante, aquella que nos cuenta como un elefante se mantiene aprisionado.


Coelho en “Maktub” nos la cuenta así:


“Un entrenador de circo consigue mantener a un elefante aprisionado porque usa un truco muy simple: Cuando el animal aún es una cría, amarra una de sus patas a un tronco muy gordo.


Por más que lo intente, el pequeño no consigue soltarse. Poco a poco, se va acostumbrando a la idea de que el tronco es más poderoso que él.


Al hacerse adulto, y dueño de una fuerza descomunal, basta con rodear con una cuerda la pata del elefante y amarrarla a una estaca ya que no intentará soltarse, porque recuerda que ya lo intentó muchas veces, y no lo consiguió.


Al igual que los elefante, nuestros pies también están amarrados a algo pequeño; pero, como desde niños, nos acostumbramos al poder de este tronco, no osamos hacer nada.


Sin saber que basta un simple gesto de coraje para descubrir toda nuestra libertad.”


Frente a la jaula del mono, águila u oso, me quede mirando a mi amiga y le dije, así como por inercia: “Al parecer hay que volver a intentarlo”. Refiriéndome a lo general y a la vida.


Supongo que como en toda historia, a esta se le puede interpretar de muchas maneras, concentrándonos en algunos u otros detalles. Pero por ahora, descifro que su mensaje es el de volver a intentarlo, quizás alguna vez no resulto, pero no hay que acostumbrarse a eso, se debe volver a intentar, porque quizá con el tiempo el escenario cambió y ni siquiera lo hemos notado.


Por ahora, de cara a mi propia existencia, me pregunto; Frente a aquellas derrotas, en que mi perseverancia no causo efecto, y las distintas estrategias contrapuestas terminaron en derrota ¿Qué opción vuelvo a intentar?


Siguiendo la línea del libro, la respuesta sería quizá: La más generosa…

Siguiendo la línea de lo práctico, la respuesta sería: La que más frutos creas alcanzar.

Siguiendo la línea del cobarde, la respuesta sería: En la que menos arriesgues.

Siguiendo la línea del sabiondo, la respuesta sería: No lo vuelvas a intentar, un ser inteligente jamás tropieza con la misma piedra.

Siguiendo mi línea: Quizá en la oración las ideas se me aclaren.





PD: Me voy a la playa, pondré una pausa y miraré al cielo desde la arena, para así sentir la inmensidad de la tierra, de la vida, de Dios.

Mujeres de ojos grandes

No era bonita la tía Cristina Martínez, pero algo tenía en sus piernas flacas y su voz atropellada que la hacía interesante. Por desgracia, los hombres de Puebla no andaban buscando mujeres interesantes para casarse con ellas y la tía Cristina cumplió veinte años sin que nadie le hubiera propuesto ni siquiera un noviazgo de buen nivel. Cuando cumplió veintiuno, sus cuatro hermanas estaban casadas para bien o para mal y ella pasaba el día entero con la humillación de estarse quedando para vestir santos. En poco tiempo, sus sobrinos la llamarían quedada y ella no estaba segura de poder soportar ese golpe. Fue después de aquel cumpleaños, que terminó con las lágrimas de su madre a la hora en que ella sopló las velas del pastel, cuando apareció en el horizonte el señor Arqueros.

Cristina volvió una mañana del centro, a donde fue para comprar unos botones de concha y un metro de encaje, contando que había conocido a un español de buena clase en la joyería La Princesa. Los brillantes del aparador la habían hecho entrar para saber cuánto costaba un anillo de compromiso que era la ilusión de su vida. Cuando le dijeron el precio le pareció correcto y lamentó no ser un hombre para comprarlo en ese instante con el propósito de ponérselo algún día.

-Ellos pueden tener el anillo antes que la novia, hasta pueden elegir una novia que le haga juego al anillo. En cambio, nosotras sólo tenemos que esperar. Hay quienes esperan durante toda su vida, y quienes cargan para siempre con un anillo que les disgusta, ¿no crees?- le preguntó a su madre durante la comida.

-Ya no te pelees con los hombres, Cristina- dijo su madre-. ¿Quién va a ver por ti cuando me muera?

-Yo, mamá, no te preocupes. Yo voy a ver por mí.

En la tarde, un mensajero de la joyería se presentó en la casa con el anillo que la tía Cristina se había probado extendiendo la mano para mirarlo por todos lados mientras decía un montón de cosas parecidas a las que le repitió a su madre en el comedor. Llevaba también un sobre lacrado con el nombre y los apellidos de

Cristina.

Ambas cosas las enviaba el señor Arqueros, con su devoción, sus respetos y la pena de no llevarlos él mismo porque su barco salía a Veracruz al día siguiente y él viajó parte de ese día y toda la noche para llegar a tiempo. El mensaje le proponía matrimonio: "Sus conceptos sobre la vida, las mujeres y los hombres, su deliciosa voz y la libertad con que camina me deslumbraron. No volveré a México en varios años, pero le propongo que me alcance en España. Mi amigo Emilio Suárez se presentará ante sus padres dentro de poco. Dejo en él mi confianza y en usted mi esperanza".

Emilio Suárez era el hombre de los sueños adolescentes de Cristina. Le llevaba doce años y seguía soltero cuando ella tenía veintiuno. Era rico como la selva en las lluvias y arisco como los montes en enero. Le habían hecho la búsqueda todas las mujeres de la ciudad y las más afortunadas tuvieron el trofeo de una nieve en los portales. Sin embargo, se presentó en casa de Cristina para pedir, en nombre de su amigo, un matrimonio por poder en el que con mucho gusto sería su representante.

La mamá de la tía Cristina se negaba a creerle que sólo una vez hubiera visto al español, y en cuanto Suárez desapareció con la respuesta de que iban a pensarlo, la acusó de mil pirujerías. Pero era tal el gesto de asombro de su hija, que terminó pidiéndole perdón a ella y permiso al cielo en que estaba su marido para cometer la barbaridad de casarla con un extraño.

Cuando salió de la angustia propia de las sorpresas, la tía Cristina miró su anillo y empezó a llorar por sus hermanas, por su madre, por sus amigas, por su barrio, por la catedral, por el zócalo, por los volcanes, por el cielo, por el mole, por las chalupas, por el himno nacional, por la carretera a México, por Cholula, por Coetzálan, por los aromados huesos de su papá, por las cazuelas, por los chocolates rasposos, por la música, por el olor de las tortillas, por el río San Francisco, por el rancho de su amiga Elena y los potreros de su tío Abelardo, por la luna de octubre y la de marzo, por el sol de febrero, por su arrogante soltería, por Emilio Suárez que en toda la vida de mirarla nunca oyó su voz ni se fijó en cómo carambas caminaba.

Al día siguiente salió a la calle con la noticia y su anillo brillándole. Seis meses después se casó con el señor Arqueros frente a un cura, un notario y los ojos de Suárez. Hubo misa, banquete, baile y despedidas. Todo con el mismo entusiasmo que si el novio estuviera de este lado del mar. Dicen que no se vio novia más radiante en mucho tiempo.

Dos días después Cristina salió de Veracruz hacia el puerto donde el señor

Arqueros con toda su caballerosidad la recogería para llevarla a vivir entre sus tías de Valladolid. De ahí mandó su primera carta diciendo cuánto extrañaba y cuán feliz era.

Dedicaba poco espacio a describir el paisaje apretujado de casitas y sembradíos, pero le mandaba a su mamá la receta de una carne con vino tinto que era el platillo de la región, y a sus hermanas dos poemas de un señor García Lorca que la habían vuelto al revés. Su marido resultó un hombre cuidadoso y trabajador, que vivía riéndose con el modo d hablar español y las historias de aparecidos de su mujer, con su ruborizarse cada vez que oía un "coño" y su terror porque ahí todo el mundo se cagaba en Dios por cualquier motivo y juraba por la hostia sin ningún miramiento.

Un año de cartas fue y vino antes de aquella en que la tía Cristina refirió a sus papás la muerte inesperada del señor Arqueros. Era una carta breve que parecía no tener sentimientos. "Así de mal estará la pobre", dijo su hermana, la segunda, que sabía de sus veleidades sentimentales y sus desaforadas pasiones. Todas quedaron con la pena de su pena y esperando que en cuanto se recuperara de la conmoción les escribiera con un poco más de claridad sobre su futuro. De eso hablaban un domingo después de la comida cuando la vieron aparecer en la sala.

Llevaba regalos para todos y los sobrinos no la soltaron hasta que terminó de repartirlos. Las piernas le habían engordado y las tenía subidas en unos tacones altísimos, negros como las medias, la falda, la blusa, el saco, el sombrero y el velo que no tuvo tiempo de quitarse de la cara. Cuando acabó la repartición se lo arrancó junto con el sombrero y sonrió.

-Pues ya regresé -dijo.

Desde entonces fue la viuda de Arqueros. No cayeron sobre ella las penas de ser una solterona y espantó las otras con su piano desafinado y su voz ardiente. No había que rogarle para que fuera hasta el piano y se acompañara cualquier canción.

Tenía en su repertorio toda clase de valses, polkas, corridos, arias y pasos dobles.

Les puso letra a unos preludios de Chopin y los cantaba evocando romances que nunca se le conocieron. Al terminar su concierto dejaba que todos le aplaudieran y tras levantarse del banquito para hacer una profunda caravana, extendía los brazos, mostraba su anillo y luego, señalándose a sí misma con sus manos envejecidas y hermosas, decía contundente: "Y enterrada en Puebla".

Cuentan las malas lenguas que el señor Arqueros no existió nunca. Que

Emilio Suárez dijo la única mentira de su vida, convencido por quién sabe cuál arte de la tía Cristina. Y que el dinero que llamaba su herencia, lo había sacado de un contrabando cargado en las maletas del ajuar nupcial.

Quién sabe. Lo cierto es que Emilio Suárez y Cristina Martínez fueron amigos hasta el último de sus días. Cosa que nadie les perdonó jamás, porque la amistad entre hombres y mujeres es un bien imperdonable.



-Angeles Mastretta

El principito y el zorro


XXI


Fue entonces cuando apareció el zorro:

-¡Buenos días! -dijo el zorro.

-¡Buenos días! -respondió cortésmente el principito que se volvió pero no vio nada.

-Estoy aquí, bajo el manzano -dijo la voz.

-¿Quién eres tú? -preguntó el principito-. ¡Qué bonito eres!

-Soy un zorro -dijo el zorro.

-Ven a jugar conmigo -le propuso el principito-, ¡estoy tan triste!

-No puedo jugar contigo -dijo el zorro-, no estoy domesticado.

-¡Ah, perdón! -dijo el principito.

Pero después de una breve reflexión, añadió:

-¿Qué significa "domesticar"?

-Tú no eres de aquí -dijo el zorro- ¿qué buscas?

-Busco a los hombres -le respondió el principito-. ¿Qué significa "domesticar"?

-Los hombres -dijo el zorro- tienen escopetas y cazan. ¡Es muy molesto! Pero también crían gallinas. Es lo único que les interesa. ¿Tú buscas gallinas?

-No -dijo el principito-. Busco amigos. ¿Qué significa "domesticar"? -volvió a preguntar el principito.

-Es una cosa ya olvidada -dijo el zorro-, significa "crear lazos... "

-¿Crear lazos?

-Efectivamente, verás -dijo el zorro-. Tú no eres para mí todavía más que un muchachito igual a otros cien mil muchachitos. Y no te necesito. Tampoco tú tienes necesidad de mí. No soy para ti más que un zorro entre otros cien mil zorros semejantes. Pero si me domesticas, entonces tendremos necesidad el uno del otro. Tú serás para mí único en el mundo, yo seré para ti único en el mundo...

-Comienzo a comprender -dijo el principito-. Hay una flor... creo que ella me ha domesticado...

-Es posible -concedió el zorro-, en la Tierra se ven todo tipo de cosas.

-¡Oh, no es en la Tierra! -exclamó el principito.

El zorro pareció intrigado:

-¿En otro planeta?

-Sí.

-¿Hay cazadores en ese planeta?

-No.

-¡Qué interesante! ¿Y gallinas?

-No.

-Nada es perfecto -suspiró el zorro.

Y después volviendo a su idea:

-Mi vida es muy monótona. Cazo gallinas y los hombres me cazan a mí. Todas las gallinas se parecen y todos los hombres son iguales; por consiguiente me aburro un poco. Si tú me domesticas, mi vida estará llena de Sol. Conoceré el rumor de unos pasos diferentes a todos los demás. Los otros pasos me hacen esconder bajo la tierra; los tuyos me llamarán fuera de la madriguera como una música. Y además, ¡mira! ¿Ves allá abajo los campos de trigo? Yo no como pan y por lo tanto el trigo es para mí algo inútil. Los campos de trigo no me recuerdan nada y eso me pone triste. ¡Pero tú tienes los cabellos dorados y será algo maravilloso cuando me domestiques! El trigo, que es dorado también, será un recuerdo de ti. Y amaré el ruido del viento en el trigo.

El zorro se calló y miró un buen rato al principito:

-Por favor... domestícame -le dijo.

-Bien quisiera -le respondió el principito pero no tengo mucho tiempo. He de buscar amigos y conocer muchas cosas.

-Sólo se conocen bien las cosas que se domestican -dijo el zorro-. Los hombres ya no tienen tiempo de conocer nada. Lo compran todo hecho en las tiendas. Y como no hay tiendas donde vendan amigos, Los hombres no tienen ya amigos. ¡Si quieres un amigo, domestícame!

-¿Qué debo hacer? -preguntó el principito.

-Debes tener mucha paciencia -respondió el zorro-. Te sentarás al principio un poco lejos de mí, así, en el suelo; yo te miraré con el rabillo del ojo y tú no me dirás nada. El lenguaje es fuente de malos entendidos. Pero cada día podrás sentarte un poco más cerca...

El principito volvió al día siguiente.

-Hubiera sido mejor -dijo el zorro- que vinieras a la misma hora. Si vienes, por ejemplo, a las cuatro de la tarde; desde las tres yo empezaría a ser dichoso. Cuanto más avance la hora, más feliz me sentiré. A las cuatro me sentiré agitado e inquieto, descubriré así lo que vale la felicidad. Pero si tú vienes a cualquier hora, nunca sabré cuándo preparar mi corazón... Los ritos son necesarios.

-¿Qué es un rito? -inquirió el principito.

-Es también algo demasiado olvidado -dijo el zorro-. Es lo que hace que un día no se parezca a otro día y que una hora sea diferente a otra. Entre los cazadores, por ejemplo, hay un rito. Los jueves bailan con las muchachas del pueblo. Los jueves entonces son días maravillosos en los que puedo ir de paseo hasta la viña. Si los cazadores no bailaran en día fijo, todos los días se parecerían y yo no tendría vacaciones.

De esta manera el principito domesticó al zorro. Y cuando se fue acercando el día de la partida:

-¡Ah! -dijo el zorro-, lloraré.

-Tuya es la culpa -le dijo el principito-, yo no quería hacerte daño, pero tú has querido que te domestique...

-Ciertamente -dijo el zorro.

- ¡Y vas a llorar!, -dijo él principito.

-¡Seguro!

-No ganas nada.

-Gano -dijo el zorro- he ganado a causa del color del trigo.

Y luego añadió:

-Vete a ver las rosas; comprenderás que la tuya es única en el mundo. Volverás a decirme adiós y yo te regalaré un secreto.

El principito se fue a ver las rosas a las que dijo:

-No son nada, ni en nada se parecen a mi rosa. Nadie las ha domesticado ni ustedes han domesticado a nadie. Son como el zorro era antes, que en nada se diferenciaba de otros cien mil zorros. Pero yo le hice mi amigo y ahora es único en el mundo.

Las rosas se sentían molestas oyendo al principito, que continuó diciéndoles:

-Son muy bellas, pero están vacías y nadie daría la vida por ustedes. Cualquiera que las vea podrá creer indudablemente que mí rosa es igual que cualquiera de ustedes. Pero ella se sabe más importante que todas, porque yo la he regado, porque ha sido a ella a la que abrigué con el fanal, porque yo le maté los gusanos (salvo dos o tres que se hicieron mariposas ) y es a ella a la que yo he oído quejarse, alabarse y algunas veces hasta callarse. Porque es mi rosa, en fin.

Y volvió con el zorro.

-Adiós -le dijo.

-Adiós -dijo el zorro-. He aquí mi secreto, que no puede ser más simple: Sólo con el corazón se puede ver bien. Lo esencial es invisible para los ojos.

-Lo esencial es invisible para los ojos -repitió el principito para acordarse.

-Lo que hace más importante a tu rosa, es el tiempo que tú has perdido con ella.

-Es el tiempo que yo he perdido con ella... -repitió el principito para recordarlo.

-Los hombres han olvidado esta verdad -dijo el zorro-, pero tú no debes olvidarla. Eres responsable para siempre de lo que has domesticado. Tú eres responsable de tu rosa...

-Yo soy responsable de mi rosa... -repitió el principito a fin de recordarlo.



Frag."El principito"
por Antoine de Saint-Exupery.

Los Holocaustos...

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“Creo en el sol cuando no brilla.

Creo en el amor aun cuando no lo sienta.

Creo en Dios aun cuando está en silencio.”



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Estas palabras fueron encontradas sobre las paredes de un sótano de Colonia, Alemania, donde varios judíos estaban escondiéndose de los nazis.

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Estoy leyendo un libro sobre el holocausto de la segunda guerra mundial ¿Por qué le dicen Holocausto?

Es irónico, burdo, casi cruel que llamen así al exterminio humano, judío, que se llevo a cabo.

Antes, en la los tiempos en que se ambienta el “1er Testamento”, los judíos, el pueblo elegido por Dios, para expiar sus pecados hacían sacrificios; una cabra, una paloma, cualquier animal puro, lo mataban y quemaban en un rito que los limpiaba de sus pegados, los purificaba, era una muestra de sumisión, de adoración, de fe.

En la segunda guerra mundial ellos fueros las victimas, los objetos de sacrificios ofrecidos a Dios… ¿No es irónico el título que recibe este genocidio?

Tengo un nudo en la garganta, hace mucho que no pensaba en todas las personas que murieron sólo porque a Hitler se le ocurrió que eran inferiores, humanos-basura.

Según la Biblia, aquel libro “Santo” que rige las religiones de occidente, los judíos eran el pueblo elegido de Dios, a quienes el Todopoderoso liberó de Egipto abriendo el mar Rojo, a quienes les dio el maná como alimento en el desierto, a quienes dirigió a la tierra prometida, hasta derrumbó los muro de Jericó sólo con el sonido de los cuernos, por protegerlos, por bendecirlos.

Y yo me pregunto sobre Él.... y me da miedo, tristeza y dolor formularme la interrogante: ¿Dónde estaba Dios cuándo torturaban y asesinaban a su pueblo elegido?

Me asusta la respuesta, me quita la esperanza y me desnuda de las ilusiones, de las conclusiones, de la confianza y quizá hasta de fe.

Sí, ya antes había pensado en esto, varias veces a través de mis 19 años…

Creo que no hay respuesta, más que enterarse de la maldad humana, de las semejantes atrocidades que se pueden llevar a cabo sólo porque aquel es diferente, porque ora distinto, porque le llama de otra forma a su Dios, porque vive de otra manera, porque tiene una cultura distinta, hábitos distintos... Lo judíos hacen lo mismo con los palestinos.

Auschwitz no es el único ejemplo, hay millones. Todos los grandes conflictos a través de la historia humana se ha tratado de eso, el intentar extinguir lo diferente, someter al que se cree inferior: Imponer la religión, política o creencia.

Y yo me pregunto ¡¿Por qué?!! Porqué ese afán de “monotilizar” a todo el mundo ¡Dónde está la tolerancia, la aceptación, el respeto, la diversidad!!!

Yo sólo sé que nada sé, y les prometo que a veces creo que la vida, el universo, es una incógnita permanente en que simplemente las respuestas son inexistentes.

Pero a veces sueño con respuestas, y frente a la barbarie humana me repito: “Dios nos creó, y en su inmenso amor nos regaló el libre albedrío, se prometió no obligarnos y hasta ahora ha mantenido su promesa.”

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PD: creo que acabo de inventar el termino “monotilizar”, viene de monotonía.

PD2: El libro es "El oro y la ceniza" de Eliette Abécassis.

PD3: A veces pienso que los libros me enloquecieron.